Lo que no es frío es ideológico.
Ramón Salas Lamamié de Clairac
8.1 CAAM, 2008

La pintura es víctima de paradójicos prejuicios intelectuales. Desde posiciones pretendidamente contrahegemónicas -cada día más críticas con el mito del progreso- se invoca sin embargo una inconsistente irreversibilidad histórica que la condenaría a una inevitable obsolescencia. El pensamiento progresista es cada día más conservador en dos sentidos. Las posturas realmente disidentes cada día se preocupan más de la conservación del patrimonio medioambiental o cultural y de retornar a simples soluciones sociales para paliar problemas que, interesadamente, el desarrollo sostenible vincula a complejos avances tecnológicos. Por otra parte, el progresismo institucional cada día le hace más el juego a la insostenible cultura de la obsolescencia programada y practica una tecnobabosería dependiente físicamente del favor político o la esponsorización corporativa y mentalmente de la lógica del espectáculo.

La pintura está muerta e pur si muove. Como un zombi, compartiendo la naturaleza de la misma realidad en este siniestro mundo post donde todo recuerda lo que algún día fue pero no se comporta como tal. Pero una cosa es cierta, la vida moderna ya no goza de la organicidad de antaño, sus variadas y heterogéneas dimensiones ya no pueden representarse mediante un punto de vista monofocal y estático. La reconstrucción del sentido no puede alcanzarse a costa de ignorar que vivimos en un mundo roto. La imagen ya no traduce la cambiante realidad al orden inmutable del sentido sino que la suplanta creando un juego especular de simulacros. El criterio ya no puede ejercerse mediante la representación de una verdad intemporal sino orientándose entre las imágenes que saturan nuestra retina. Igual que los detectives de las películas colocan sus indicios sobre un tablón que interrogan una y otra vez hasta lograr que un conjunto de datos inconexos revelen una intención, la mirada surfea hoy entre las imágenes con el fin de encontrar en esta deriva una orientación.

Estamos enfermos de literalidad. Hoy es menos aguda la influencia de la imagen.movimiento o de la tecnología en el cine que en buena parte de la nueva pintura y fotografía. La lógica del archivo no exige archivadores. La práctica de la deriva no requiere estupefacientes paseos nocturnos por parís. El hipertexto estaba implícito en la enciclopedia y el sujeto múltiple en la polifonía que implica la lectura en privado. El cuadro siempre ha sido una superficie por la que se desliza la mirada, pero trabaja la textura lo suficiente como para que el roce produzca energía, como para oponer una resistencia que haga ostensible el sentido del desplazamiento.

La joven pintura canaria hace tiempo que se interesa menos por malpaises y plantas cactáceas que por la nieve. La feliz metáfora del retrato de grupo sobre tábula rasa acuñada por uno de los más destacados miembros de Él Puso se reedita en el El Caso acentuando el sentido del deslizamiento y el deslizamiento del sentido. No se trata de reeditar nostálgicamente el calor de una pretendida identidad original. Todo lo que no es frío es ideología. Pero precisamente por eso hay que aprender a abrigarse de los helados vientos del nihilismo, a darnos mutuamente calor fuera de la comunidad. Hay que imaginar tecnologías del yo al margen de la dialéctica de la identidad y la diferencia: no se trata de liberarnos o de encontrarnos a nosotros mismos, sino de tejer redes a las que sentirnos sujetos, con y en las que obligarse. En ellas encontraremos inscrito el relato abierto de nuestra existencia intersubjetiva.

El gran reto político al que estamos emplazados es encontrar una fuente de energía para la movilización en nuestro propio escepticismo, en nuestra anemia emocional.