Bañistas.
Ramón Salas Lamamié de Clairac. 2011

Corren buenos tiempos para el realismo. Lo inefable, otrora considerado arma fundamental contra el concepto y su dominio administrativo sobre el mundo, parece cosa de parapsicólogos u otro tipo de charlatanes. Hasta los sueños son reformistas, nadie piensa ya en mundos posibles sino en formas posibles de habitar un mundo intrascendente e intrascendible. Ya nadie quiere detener bellos instantes ni busca sustraerle un ápice de eternidad a una actualidad celosa. Por supuesto, la pintura no está de moda. Parece un vestigio caduco de un mundo idealista o una mera concesión al gusto pequeño burgués por lo artesanal. Y, sin embargo,viendo la obra de Moneiba Lemes, pienso que quizá le quede algo por decir a una pintura comedida, sin regustos formalistas, de tono bajo, que utiliza su propio carácter fuido para hacer referencia a este mundo líquido que nos ha convertido a todos en bañistas. Quizás, no haya que hacer mención a lo inefable para poner en evidencia la contradicción que existe entre la crítica a una realidad pragmática cargada de ansiedad y la ansiedad pragmática con la que se pretende criticar esa realidad. Los habitantes del mundo líquido no podemos soñar con una sustancia permanente que nos sirva de tierra frme, pero quizás, podamos encontrar una suerte de ‘iluminación profana’ en algo tan poco revelador como un gesto pausado, una soledad meditativa, o en ese ligero adensamiento del instante con el que Chardin consiguió secularizar el ensimismamiento refexivo, en esa demora, carente de pretenciosidad, con la que acompasaba el tempo de la fgura, el de la pincelada y el que le exigía al espectador para ver algo que bien podría verse en un instante pero en lo que merecería la pena distraerse. Quizás porque a la pintura le pase como a las especies en extinción, que hay que salvarlas no tanto porque las necesitemos, sino porque, como decía McMillan, para salvarlas tenemos que desarrollar las cualidades humanas que necesitaremos para salvarnos a nosotros mismos.